Sentada sobre el alféizar, sus cortitas piernas se balanceaban, sus frías manos agarraban con no demasiada fuerza el saliente y su cabeza soñaba.
Tarareaba una canción, quizás de su recuerdo, quizás de su invención, quizás de ambos. Sus grandes ojos marrones observaban ávidos el trasiego, su pequeña boca sonreía y el vaho se dibujaba en el aire.
El frío entraba por los rincones de su pequeño cuerpo, dejando en una especie de letargo sus músculos, pero no le importaba, seguía cantando esa dulce e inquieta melodía, quería sentirse viva, quería seguir en el mundo, quería seguir sentada en la ventana y olvidar por un momento su efímera existencia.
El menudo cuerpo se acurrucó, buscando calor en el granito, sus ojos se cerraron dulcemente y su blanca tez se fragmentó en diminutos cristales de hielo. Con los primeros rayos de sol la canción se disipó, el vaho enmudeció y los pequeños pies dejaron de bailar sobre el alféizar.