De nuevo respirar bocanadas de aire puro al son de canes aullando a la noche más intensa, donde las estrellas brillan e iluminan el cielo azul oscuro, dejando atrás nubes de queroseno y el calor fulminante de suelos de hormigón y cemento.
Volver a oler el dule aroma de la tierra, arropada con una fina sábana dejando que las frescas brisas templen mi piel, así volviendo a retomar los ecos de mi mente a grafía inerte de viva voz.
Luz de media luna invocando tenues sones a la sombra de una espiral, crecer en vientre ajeno aullidos rompiendo el cristal de unos espejos volátiles a la luz del sol, regando con cuentagotas de sangre un tallo verde que nace de entre las tierras hostiles, surcos plantan miembros arrancados en sembrados de trigo caoba, escribiendo una sonata de llanto allegro donde plañideras vierten hiel a una tumba corroida del paso de las almas, desgastando la roca tras el vaivén del tiempo.
Se cierra entonces el círculo cromático en tres primarios instintos, el hambre aullaba a su soledad, ríos de tinta para calmar la sed, vorágines deseos escriben el culmen de una noche con luna llena en su inicio y nueva en su ocaso.
Verter todo de una caja cerrada en el primer asalto, dejando indefensa a la piel, ante las garras de un sumiso ronroneo implorando dominancia.
Todo lo que toco se convierte en hojalata, o más bien, oro parece y en realidad no es.
Al salir el fustigante sol la caja está vacía, las garras retraídas y los colores del arco iris no son más que destellos de luz en un espejo partido. Galopar a un tiempo atrás para volver a saborear las mieles del éxito en una cola de racionamiento, libre de infecciones y embarazos no deseados.
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