sábado, 27 de noviembre de 2010

Overbooking

Y de nuevo perdió el avión, de nuevo perdió el vuelo que lo llevaría lejos, dejando atrás insípidas tartas de cartón piedra pintadas en el cristal mojado de una tienda cerrada a la luz del día, cerrada de lunes a domingo, cerrada laborables y encerrada los festivos.
Dejando que la soledad se consuma a sí misma, dejando que se pinte azul los párpados, dejando que se tiña de rubio barato los cabellos, para airear en los ojos del deliro, en unas mesas de tapete verde oxigenado, unas cartas blancas, marcadas, usadas y desgastadas, que se guardan en un bajo vientre mohoso, pidiendo a gritos un suicidio asistido.

Mientras, el avión alza el vuelo, dejando en él una maleta roja y unos ojos negros, erigiéndose entre las estratosferas, congelando pequeñas gotas de cristal, condensándolas entre los vahos del frío intenso. Eligiendo un mal andén para acabar torturado, quemado, descuartizado entre las vías de unos raíles de algodón y deseos rotos por el olor a feromonas gastadas, edulcoradas y pintadas sobre el cuero extendido en la arena ardiente de un desierto gélido.

Decorando unos recuerdos con abetos y dorados lazos, para terminar revistendo el presente con sogas de esparto, mientras la muerte espera pacientemente a colocar sus zapatos al lado de su cama y pasar una noche aullando a la luna y amanecer volando lejos de aquí, con su cuerpo yacente entre sábanas de algodón y cartas marcadas con la sangre derramada de los ojos de una virgen marmólea.

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