De nuevo caminando entre los adoquines mojados, el pavimento supura las últimas gotas caídas y el silencio se rompe con cada paso, con cada ladrido, con cada voz.
Con un ritmo sosegado, ando de vuelta a casa, contemplo mi rostro en cada charco, respiro el aire fresco y limpio tras una intensa lluvia. De nuevo las palabras golpean mi frente, esta noche quieren escapar y ser escritas sobre cualquier espacio en blanco.
Hoy pienso en aquellas personas, las cuales comparten su vida con la soledad, el vacío en su pecho, sus voces perdidas entre la multitud, sus manos huecas y sus ojos llenos de pensamientos oscuros.
Sintiendo la pérdida de su ser en cada esquina, siendo el hambre que cobija su delirio y su espejo, la voz de su alma perdida.
Aquellas personas, como gotas transparentes en mitad de un lago, compartiendo su vida con sombras inertes, otorgando la vida a deseos de libertad.
Soledad que se escribe con multitud de matices, soledad buscada, con sus encantos, la mente se dirige hacia un ocaso provocado, un cúmulo de razonamientos muertos, dejando que su ser se esconda tras biombos, perdiendo así su presencia en el mundo.
Soledad perfilada, momentos de evasión de la realidad, dejando cómo único compañero el sonido de un reloj. Soledad programada con el paso de los años, vacío de un hogar en donde el amor se olvidó, envejeció y murió, recuerdos intentan tapar esa realidad, dejando suspiros en el pasillo y crujir de huesos en la cama. Tiradas en camas de hospital, en residencias o en hogares llenos de trastos, sus nombres pasaron a ser grabados únicamente en esquelas, mientras que su prole llora bajo su techo, cobijados entre sus posesiones, dejando que mueran hacinados entre paredes y monjas vestidas de blanco.
Ternura de una pequeña risotada, un hombre fumando en la puerta de un bar, una mujer que se atusa el pelo y un niño contando las gotas que caen del canalón. Ellos llaman mi atención, los rizos de ella, el humo de él y los ojos del pequeño, ellos me recuerdan lo que un día fui, lo que hoy camino y mi cuerpo convertido en humo.
Pensamientos que jamás me abandonan, palabras que siempre me hablan, mientras camino sola.
lunes, 30 de abril de 2012
martes, 24 de abril de 2012
Wire
Siempre detrás de un pequeño trozo de piel debajo de las uñas, restos que el día deja tras unos labios húmedos, agrietados por el fresco viento que mece las copas de los árboles y derrite el hielo de mi vaso.
Amaneceres pintados en tonos turquesa dejan sabores amargos en el suelo mojado, pájaros anidan en las bocas de alcantarillado y las ratas saltan de ventana en ventana, buscando las migas de pan del viejo solitario que fuma recuerdos liados en papeles grises.
Una cálida caricia me atusa el pelo, las calles van configurando su forma, la primera claridad del día deja vislumbrar los delirios de media noche evaporarse con cada paso de aquellas sombras que rompen esquinas y buscan cobijo en una sucia parada de autobús.
Tabaco pesado arranca mi sueño de cualquier vestigio animal, delinea palabras caprichosas y rostros malformados, bajo la atenta mirada de una mujer que examina cualquier atisbo de mi ser.
Tornar de nuevo a unos ojos enjutos, grises y añejos, lazarillos de penas pasadas, avivando el fuego de una pesadilla y un deseo.
Olor a café, perfume barato y latidos tempranos bajo el cobijo de un cuero curtido.
Amaneceres pintados en tonos turquesa dejan sabores amargos en el suelo mojado, pájaros anidan en las bocas de alcantarillado y las ratas saltan de ventana en ventana, buscando las migas de pan del viejo solitario que fuma recuerdos liados en papeles grises.
Una cálida caricia me atusa el pelo, las calles van configurando su forma, la primera claridad del día deja vislumbrar los delirios de media noche evaporarse con cada paso de aquellas sombras que rompen esquinas y buscan cobijo en una sucia parada de autobús.
Tabaco pesado arranca mi sueño de cualquier vestigio animal, delinea palabras caprichosas y rostros malformados, bajo la atenta mirada de una mujer que examina cualquier atisbo de mi ser.
Tornar de nuevo a unos ojos enjutos, grises y añejos, lazarillos de penas pasadas, avivando el fuego de una pesadilla y un deseo.
Olor a café, perfume barato y latidos tempranos bajo el cobijo de un cuero curtido.
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