Siempre detrás de un pequeño trozo de piel debajo de las uñas, restos que el día deja tras unos labios húmedos, agrietados por el fresco viento que mece las copas de los árboles y derrite el hielo de mi vaso.
Amaneceres pintados en tonos turquesa dejan sabores amargos en el suelo mojado, pájaros anidan en las bocas de alcantarillado y las ratas saltan de ventana en ventana, buscando las migas de pan del viejo solitario que fuma recuerdos liados en papeles grises.
Una cálida caricia me atusa el pelo, las calles van configurando su forma, la primera claridad del día deja vislumbrar los delirios de media noche evaporarse con cada paso de aquellas sombras que rompen esquinas y buscan cobijo en una sucia parada de autobús.
Tabaco pesado arranca mi sueño de cualquier vestigio animal, delinea palabras caprichosas y rostros malformados, bajo la atenta mirada de una mujer que examina cualquier atisbo de mi ser.
Tornar de nuevo a unos ojos enjutos, grises y añejos, lazarillos de penas pasadas, avivando el fuego de una pesadilla y un deseo.
Olor a café, perfume barato y latidos tempranos bajo el cobijo de un cuero curtido.
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