jueves, 15 de marzo de 2012

Ginebra


No sé por qué me paré a escucharla, no sé por qué la acompañé a casa. Tenía una manera peculiar de mirar, quizás eso me enterneció y dejé a un lado la frialdad con la que acostumbramos a vivir, vestía de forma extravagante, maquillada en exceso y apestando a cerveza.
En sus manos llevaba una bolsa, con juguetes baratos, una guitarra de plástico es lo que pude reconocer. Entre lágrimas me pide que la acompañe a casa, sus piernas han dejado de responderle y su cabeza hace años también.

Con ella agarrada a mi brazo comienza a relatarme una historia con tintes de verdad y delirio mezclados con unas cuantas cervezas. Era una mujer de tez blanca y cabellos negros, ojos oscuros y mirada altiva, sus labios carnosos besaron muchas bocas, gritaron muchos nombres y bebieron en exceso.
Alardeaba de tener una figura esbelta, una piel suave y una marca en la espalda, recuerdo que su madre, años atrás dejó sobre ella con la hebilla de un cinturón, pero no le apenaba, sonreía al recordar que fue famosa por esa marca, que todos los hombres la quisieron.

De pronto dos lágrimas caen de sus mejillas, me cuenta entre sollozos que aquello no le bastó, ansió más, buscó en más historias de cama, en más brazos, en más copas, en más juventud. Perdió demasiado tiempo en ocultar la locura que sentía por cada uno de los hombres con los que jugaba a amar, aquellos que dejaron su blanquecino cuerpo sobre la cama de hostal, para olvidarla al amanecer y encontrar el sentido de su vida en los brazos de otra mujer.
Renegada al olvido, abrazaba cada noche, con más fuerza el alcohol, intentaba olvidar el último rostro que la dejó como el hielo de su copa. Nunca perdió la fe y en una nueva aventura se embarcaba, dejándose llevar por palabras zalameras y bebida gratis.
"Hubo alguno que aguantó más de cuatro lunas y eso, era peor, ya que la caída se produce a más altura, cuando pensaba que no me señalarían con el dedo nunca más, cuando pensaba que ya llegó mi momento, de nuevo me veía desnuda de cuerpo y alma en la puerta de un hotel, entonces, bebía y lloraba sobre los hombros de extranjeros, mientras yo odiaba mi mundo".

Vieja gloria de cama, recuerda una canción que un día un inglés le dedicó, dice de haber sido siempre muy culta a pesar de apenas haber ido al colegio y reconoció enseguida el sonido melódico de un saxofón, tocando notas largas y suaves, recuerda el sabor amargo de la ginebra que bebía y los toques a tabaco en los labios de él. Le enseñó a mirar el sol, le enseñó a bañarse con su luz y lo que era pasear a plena luz del día cogidos de la mano. Como no toda historia tiene final feliz, le tocó vivir de nuevo el desprecio, el abandono y la humillación de una burla muda, de no saber por qué, de no saber dónde fue, de no saber siquiera si aquello fue real.

Le pregunto por los juguetes, me responde que son para su hijo, nos detuvimos, habíamos llegado, no quise seguir preguntando, ella sacó una cajetilla de tabaco, me ofreció un cigarro y a paso lento se aleja de mi, dándome las gracias y cantando una melodía.
Cada noche el arrugado rostro de la mujer aparece sobre mis retinas y la imagino desnuda, bajo unas sábanas amarillentas, llorando desconsolada mientras que la luz del hostal ilumina la habitación, con el sonido de un saxofón y una botella de ginebra vacía.

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