martes, 31 de julio de 2018

África

Sentada en el bus, la observo, su pelo rizado, oscuro y trenzado. Ella mira por la ventana, todo es nuevo, todo le llama la atención, se siente inquieta, quiere bajar, pero no sabe cómo.

La mujer a su lado va relatando una historia, le cuesta el castellano, pero no es necesaria una conjugación perfecta para hacer estremecer a todo el bus.

La historia es de la niña, que a pesar de su corta edad ha visto todos los horrores que el ser humano es único capaz de hacer. No puedo contener el llanto, la miro y sus ojos felices me sonríen, ajena a la historia de su vida que nos acuchilla el alma.

Ella hoy es feliz, está en un bus, se ríe a carcajadas cuando el conductor retoma el camino tras una parada y ella se deja caer en el asiento, su risa nos contagia y hace disipar las lágrimas de nuestras mejillas.
Creo que lo hace queriendo, para que dejemos de llorar y nos riamos con ella.

Mi corazón se estremece, cuando ella grita emocionada, no entendemos su idioma y la mujer de su lado nos traduce: está deseando poder tomar café en una terraza, como en una película que vio, esta ciudad parece una película y la niña está en ella.

Como he odiado tener que bajar, en mi parada, me despido de la niña, lanzando un beso al aire y ella me devuelve una carcajada, dulce, bella, inocente y tierna, como el ángel que es en un mundo lleno de demonios.

jueves, 26 de julio de 2018

Volver a sentir


Quiero volver a mirar las primeras estrellas del anochecer.

Quiero volver a subirme donde sopla el viento y sentir el frío en mis mejillas.

Quiero volver a sentir el vaivén de las olas y escuchar el silencio más profundo.

Quiero volver a tocar el cielo con mis labios y a acariciar las palabras entre mis dedos.

Quiero sentirme viva de nuevo, empezar todo desde la nada y construir un nuevo camino, donde el horizonte marca mi caminar, sin detener mis pies, dejando que a cada paso construya nuevos recuerdos, poder dibujar nuevos rostros y dejar salir todas aquellas sensaciones dormidas tras un letargo invernal. 

martes, 17 de julio de 2018

Kahlo


Quiero colocar flores en mi pelo, trenzar con cuidado las hojas entre mis ideas y dejar que los colores adornen mi sonrisa.

Quiero pétalos sobre mis raíces, peinar mis cabellos con las púas de una rosa y dejar que su aroma a terciopelo bañen mi mirada. 

Quiero campanillas en mi cabeza, soltar mariposas blancas y escribir versos con los tallos verdes de las amapolas.

Quiero poner una corona de orquídeas sobre mi testa, para ser la princesa de una historia donde solo yo tengo tinta y espada, trono y reino, zapatos de cristal y castillo. Donde yo soy la escriba y narradora, la muerta y viva, la que besa y mata, la que cabalga y navega, la que no persigue al conejo y para el reloj, la que muerde y lame, la que no espera a las doce y conduce su calabaza. 

Quiero flores en mi cabeza para llenar de color mi historia, mi cuerpo y mi voz.

domingo, 15 de julio de 2018

Piel

He escrito versos mancos sobre la piel desnuda, donde el aliento grita entre miradas furtivas la culpa del fuero interno. Dejando sin piedras el camino, sigo el cantar de las ranas, donde desde la torre más alta me dejo llevar por sus voces, que adormecen mi mar bravío y astillan mi yo más profundo.

Pequeñas gotas de tinta supuran de la piel curtida, quemada por el hastío de una luna dormida. Con una pluma rígida y roma, escribo sentencias que caen en silencios profundos, donde sólo el aliento grita lo que el alma esconde.

Cuero resbaladizo recorre las letras de un cuerpo a veces vivo y a veces inerte, forzando suspiros y creando sueños donde las palabras se evaporan tras el ocaso del fuego.

Inocencia amarga, donde el niño tiene miedo de aquella piel pálida, jugando a pintar verbos que se filtran por los poros y calan en las entrañas. Abandona su juego, dejando a su suerte aquellos verbos entre el silencio más profundo de una caja.
Toscas venas recorren la dermis, enlazando raíces que se muestran impasibles ante el acorde de unos dedos blanquecinos, dejando al niño sumido en una catarsis donde sólo su mente dicta normas preconcebidas, atadas a una moral artificial, arrastrando consigo recuerdos pintados sobre un lienzo vivo, ocultando el temor de sus noches anodinas y cubriendo los párpados ante el nuevo sol, ante el nuevo día.