Sentada en el bus, la observo, su pelo rizado, oscuro y trenzado. Ella mira por la ventana, todo es nuevo, todo le llama la atención, se siente inquieta, quiere bajar, pero no sabe cómo.
La mujer a su lado va relatando una historia, le cuesta el castellano, pero no es necesaria una conjugación perfecta para hacer estremecer a todo el bus.
La historia es de la niña, que a pesar de su corta edad ha visto todos los horrores que el ser humano es único capaz de hacer. No puedo contener el llanto, la miro y sus ojos felices me sonríen, ajena a la historia de su vida que nos acuchilla el alma.
Ella hoy es feliz, está en un bus, se ríe a carcajadas cuando el conductor retoma el camino tras una parada y ella se deja caer en el asiento, su risa nos contagia y hace disipar las lágrimas de nuestras mejillas.
Creo que lo hace queriendo, para que dejemos de llorar y nos riamos con ella.
Mi corazón se estremece, cuando ella grita emocionada, no entendemos su idioma y la mujer de su lado nos traduce: está deseando poder tomar café en una terraza, como en una película que vio, esta ciudad parece una película y la niña está en ella.
Como he odiado tener que bajar, en mi parada, me despido de la niña, lanzando un beso al aire y ella me devuelve una carcajada, dulce, bella, inocente y tierna, como el ángel que es en un mundo lleno de demonios.
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