Encerradas en cárceles de huesos, carne y piel, deseosas de ver en su propia tez un anuncio de juventud eterna, y recia musculatura. Competir en una jungla de cal blanca con ostentosas vestimentas y pesados ungüentos distantes de ser mágicos.
Echar un vistazo en un ocioso bullicio, luminosos mensajes incitan al subconsciente a verter hiel en un rostro recién despierto por la mañana e ignorar el brillo de unos iris opacos que se vacían cuando un reflejo muestra su figura.
Preguntar cuál es el suyo, el por qué es la sombra que proyecta su persona y no otra. Una sombra esbelta persigue el plato de alimento dejando sobras mientras gritan de hambre bajo un puente medio construir.
Ayudar a morir a un cuerpo ya inerte lleno de vida, que ve como se consume su tiempo pero no su volumen, mientras un reloj de arena ve apurando las últimas gotas de veneno en la piel de un sapo multicolor y caracoles pacientes en una pared que separa la realidad de una fantasía al alcance de huesos revestidos únicamente con piel y ropas caras.
Hay sonrisas que invaden las concavidades vacías de cuatro salones llenos de sangre, a pesar de la fuerza de la imagen, a pesar de los bellos rostros y matices esculturales, no podrán apagar una lucha contra el exterior de un mundo que olvidó sus profundas cuevas y su magma caliente. Hay reflejos que no tiemblan con las ondas del agua en estanques salados dejando huir a las carpas, pero dejando hipnotizadas a las ranas mientras las ninfas envidian la paz de un jardín zen.
Quizás ahora siento que he vivido encerrada, quizás es ahora cuando mi sombra se proyecta única en el suelo, cuando mi puente se construyó hace tiempo y es ahora cuando veo mi reflejo en el espejo, huyendo de vampíricos pensamientos, es mi rostro, son mis iris apagados los que iluminan el sol de la mañana y no los luminosos proyectiles que atormentan mi parada en cada bajada.
Y hoy veo sonreir a quién lloró lágrimas de cristal.
lunes, 18 de octubre de 2010
viernes, 15 de octubre de 2010
Al romper un espejo
Decir adiós siempre rompe algunos labios al pronunciarlo con todo su sentido, con toda su esencia, con toda su verdad. Dejar atrás un sueño, aparcarlo en una esquina de la decepción y comenzar de nuevo en una partida ya empezada, ya conocida, una vez creyendo perdida, pero ahora de nuevo retomada.
Una esperanza batida a tiros en un paredón blanco, una diana clara en un día nublado, un dolor en la garganta que suplica clemencia y enciende velas a los muertos. Inciensos adornan los olores de un altar prestado, de unas ilusiones que se aferraban a las barbas blancas de un hombre calvo, todo, lo que sea, promesas, rezos y emociones que se baten en una red para saborear un amargo final en una ciudad poco conocida, pero sin embargo encantada.
Nuevos caminos se abren en un horizonte incierto, un temor inunda los salones torácicos mientras que el latir de un corazón herido vierte lágrimas secas en pañuelos de papel, no comprender como un sueño tan férreo puede derrumbarse como un castillo de naipes en día de tormenta. Los peores miedos llegaron a dar su oscuro rostro y se llamaron con un nombre propio.
Despedida de una habitación en donde noches en vela inundaron de ilusiones decorando la desnuda pared y las vacías estanterías, llenando un armario de promesas de futuro que ahora esperan inciertos a una maleta y una carretera.
El puente cayó mientras que se abre una senda pequeña y angosta de dudoso final, en un día donde el sol brillaba con fuerza, las tinieblas comieron a bocados la claridad de la luz dejando al sol en la vergüenza de su cuero gris, triste, mustio, dejando en su soledad rincones de rencor, de decepcíones, frustraciones, de pasiones perdidas y barcos varados en una arena de hormigón pintada de blanco.
Decir adiós en unos labios agrietados hace daño en el alma, dejando un recuerdo agridulce de un sueño que se cambió por otro en una feria de poca monta. Un adiós vendido a promesas que postponen sus palabras a otro destino, cambiado, mutado, arrepentido de dejar volar a un ave con soga al cuello, obligándolo a volver a la jaula de cristal, tan bonita, tan propia, con golondrinas que esperan su regreso y ratas que la esperan en el suelo.
No hay mal que por bien no venga, pero vuelve el nombre, no la persona, vuelve la materia, pero no el ente, vuelve la cabeza, pero no la mente, vuelve el corazón, pero esta vez, metido en un frasco con formol.
Una esperanza batida a tiros en un paredón blanco, una diana clara en un día nublado, un dolor en la garganta que suplica clemencia y enciende velas a los muertos. Inciensos adornan los olores de un altar prestado, de unas ilusiones que se aferraban a las barbas blancas de un hombre calvo, todo, lo que sea, promesas, rezos y emociones que se baten en una red para saborear un amargo final en una ciudad poco conocida, pero sin embargo encantada.
Nuevos caminos se abren en un horizonte incierto, un temor inunda los salones torácicos mientras que el latir de un corazón herido vierte lágrimas secas en pañuelos de papel, no comprender como un sueño tan férreo puede derrumbarse como un castillo de naipes en día de tormenta. Los peores miedos llegaron a dar su oscuro rostro y se llamaron con un nombre propio.
Despedida de una habitación en donde noches en vela inundaron de ilusiones decorando la desnuda pared y las vacías estanterías, llenando un armario de promesas de futuro que ahora esperan inciertos a una maleta y una carretera.
El puente cayó mientras que se abre una senda pequeña y angosta de dudoso final, en un día donde el sol brillaba con fuerza, las tinieblas comieron a bocados la claridad de la luz dejando al sol en la vergüenza de su cuero gris, triste, mustio, dejando en su soledad rincones de rencor, de decepcíones, frustraciones, de pasiones perdidas y barcos varados en una arena de hormigón pintada de blanco.
Decir adiós en unos labios agrietados hace daño en el alma, dejando un recuerdo agridulce de un sueño que se cambió por otro en una feria de poca monta. Un adiós vendido a promesas que postponen sus palabras a otro destino, cambiado, mutado, arrepentido de dejar volar a un ave con soga al cuello, obligándolo a volver a la jaula de cristal, tan bonita, tan propia, con golondrinas que esperan su regreso y ratas que la esperan en el suelo.
No hay mal que por bien no venga, pero vuelve el nombre, no la persona, vuelve la materia, pero no el ente, vuelve la cabeza, pero no la mente, vuelve el corazón, pero esta vez, metido en un frasco con formol.
domingo, 3 de octubre de 2010
Cromosoma
Mientras dolores intrauterinos impiden un descanso corporal, echar mano de recuerdos en tierras lejanas, recuerdos que se centran en lo más profundo, de una por siempre incógnita, dejando sin despejar de la mente XY.
Se remontan a tiempo atrás, breve para el mundo, siglos para la memoria. Unos no tan inocentes juegos, despertaron la envidia y los rumores en bocas saladas llenas de lágrimas, mientras que un azúcar amargo se derretía en un paladar infantil. De aquella noche se anunciaban otras tantas, sólo fue el comienzo de un camino con pocas curvas y lleno de baches.
A saltos, ecuaciones se golpean en mi cabeza, no han sido muchas, no han sido todas buenas, algunas montadas como espectáculo circense en una pista solitaria, con poco público, sentado alrededor, vestidos con togas blancas y apuntando un pulgar hacia el suelo mientras ríen brindando sus copas llenas lágrimas de Baco, al son de plañideras con el rímel corrido.
Paisajes de andenes trajeron un remanso de paz a las agitadas aguas, carnoso fruto que alimentó la ilusión y la confianza, devolviendo una vida al cuerpo inerte. Sensaciones cabalgan por una piel lisa dejando huellas, transformando la nitidez en rugosidad, pudiendo leer en braille un cuento sobre mi propio cuero.
Fórmulas breves, códigos binarios con astas rompieron la dualidad de una mente indivisible, únicamente por uno y por sí misma. Números primos, lejos de consanguinidad arroparon caricias en un cuaderno de notas cuadriculado. Sótano, lúgubre, tarde de verano y dos cifras exactas dejaron de sumar ante el ruido de unos pasos en la escalera.
En apenas un decenio, el sótano volvió, mutado de piel, con otro nombre, con otro espacio, con otro ojos y las mismas palabras. En la fresca mañana un toque cálido se fundió con toscos paisajes áridos, con un estómago vacío y unas manos pequeñas.
Tímido ronroneo después de unos rugidos insonoros, alentadores, delatadores de movimientos en un tablero liso. De nuevo una nueva ecuación que resolver, una nueva incógnita de dos factores, lo intenté, comencé a probar suerte, pero no la quise terminar, ecuación inacabada de conocido resultado, dejando a medias un pequeño cuaderno blanco de rayas finas y tapas impolutas.
En pocos días el cuaderno dejará de ser visible en una mesa para formar parte de una carpeta con decenas de anotaciones, cuentas, palabras, recuerdos, odios, verdades, tachones, jirones, divisiones, raíces y nombres, pasando a la historia como una XY sin resolver y un momento que recordar para más tarde, olvidar.
Se remontan a tiempo atrás, breve para el mundo, siglos para la memoria. Unos no tan inocentes juegos, despertaron la envidia y los rumores en bocas saladas llenas de lágrimas, mientras que un azúcar amargo se derretía en un paladar infantil. De aquella noche se anunciaban otras tantas, sólo fue el comienzo de un camino con pocas curvas y lleno de baches.
A saltos, ecuaciones se golpean en mi cabeza, no han sido muchas, no han sido todas buenas, algunas montadas como espectáculo circense en una pista solitaria, con poco público, sentado alrededor, vestidos con togas blancas y apuntando un pulgar hacia el suelo mientras ríen brindando sus copas llenas lágrimas de Baco, al son de plañideras con el rímel corrido.
Paisajes de andenes trajeron un remanso de paz a las agitadas aguas, carnoso fruto que alimentó la ilusión y la confianza, devolviendo una vida al cuerpo inerte. Sensaciones cabalgan por una piel lisa dejando huellas, transformando la nitidez en rugosidad, pudiendo leer en braille un cuento sobre mi propio cuero.
Fórmulas breves, códigos binarios con astas rompieron la dualidad de una mente indivisible, únicamente por uno y por sí misma. Números primos, lejos de consanguinidad arroparon caricias en un cuaderno de notas cuadriculado. Sótano, lúgubre, tarde de verano y dos cifras exactas dejaron de sumar ante el ruido de unos pasos en la escalera.
En apenas un decenio, el sótano volvió, mutado de piel, con otro nombre, con otro espacio, con otro ojos y las mismas palabras. En la fresca mañana un toque cálido se fundió con toscos paisajes áridos, con un estómago vacío y unas manos pequeñas.
Tímido ronroneo después de unos rugidos insonoros, alentadores, delatadores de movimientos en un tablero liso. De nuevo una nueva ecuación que resolver, una nueva incógnita de dos factores, lo intenté, comencé a probar suerte, pero no la quise terminar, ecuación inacabada de conocido resultado, dejando a medias un pequeño cuaderno blanco de rayas finas y tapas impolutas.
En pocos días el cuaderno dejará de ser visible en una mesa para formar parte de una carpeta con decenas de anotaciones, cuentas, palabras, recuerdos, odios, verdades, tachones, jirones, divisiones, raíces y nombres, pasando a la historia como una XY sin resolver y un momento que recordar para más tarde, olvidar.
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