lunes, 18 de octubre de 2010

Venus

Encerradas en cárceles de huesos, carne y piel, deseosas de ver en su propia tez un anuncio de juventud eterna, y recia musculatura. Competir en una jungla de cal blanca con ostentosas vestimentas y pesados ungüentos distantes de ser mágicos.
Echar un vistazo en un ocioso bullicio, luminosos mensajes incitan al subconsciente a verter hiel en un rostro recién despierto por la mañana e ignorar el brillo de unos iris opacos que se vacían cuando un reflejo muestra su figura.

Preguntar cuál es el suyo, el por qué es la sombra que proyecta su persona y no otra. Una sombra esbelta persigue el plato de alimento dejando sobras mientras gritan de hambre bajo un puente medio construir.
Ayudar a morir a un cuerpo ya inerte lleno de vida, que ve como se consume su tiempo pero no su volumen, mientras un reloj de arena ve apurando las últimas gotas de veneno en la piel de un sapo multicolor y caracoles pacientes en una pared que separa la realidad de una fantasía al alcance de huesos revestidos únicamente con piel y ropas caras.

Hay sonrisas que invaden las concavidades vacías de cuatro salones llenos de sangre, a pesar de la fuerza de la imagen, a pesar de los bellos rostros y matices esculturales, no podrán apagar una lucha contra el exterior de un mundo que olvidó sus profundas cuevas y su magma caliente. Hay reflejos que no tiemblan con las ondas del agua en estanques salados dejando huir a las carpas, pero dejando hipnotizadas a las ranas mientras las ninfas envidian la paz de un jardín zen.

Quizás ahora siento que he vivido encerrada, quizás es ahora cuando mi sombra se proyecta única en el suelo, cuando mi puente se construyó hace tiempo y es ahora cuando veo mi reflejo en el espejo, huyendo de vampíricos pensamientos, es mi rostro, son mis iris apagados los que iluminan el sol de la mañana y no los luminosos proyectiles que atormentan mi parada en cada bajada.
Y hoy veo sonreir a quién lloró lágrimas de cristal.

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