viernes, 15 de octubre de 2010

Al romper un espejo

Decir adiós siempre rompe algunos labios al pronunciarlo con todo su sentido, con toda su esencia, con toda su verdad. Dejar atrás un sueño, aparcarlo en una esquina de la decepción y comenzar de nuevo en una partida ya empezada, ya conocida, una vez creyendo perdida, pero ahora de nuevo retomada.

Una esperanza batida a tiros en un paredón blanco, una diana clara en un día nublado, un dolor en la garganta que suplica clemencia y enciende velas a los muertos. Inciensos adornan los olores de un altar prestado, de unas ilusiones que se aferraban a las barbas blancas de un hombre calvo, todo, lo que sea, promesas, rezos y emociones que se baten en una red para saborear un amargo final en una ciudad poco conocida, pero sin embargo encantada.

Nuevos caminos se abren en un horizonte incierto, un temor inunda los salones torácicos mientras que el latir de un corazón herido vierte lágrimas secas en pañuelos de papel, no comprender como un sueño tan férreo puede derrumbarse como un castillo de naipes en día de tormenta. Los peores miedos llegaron a dar su oscuro rostro y se llamaron con un nombre propio.

Despedida de una habitación en donde noches en vela inundaron de ilusiones decorando la desnuda pared y las vacías estanterías, llenando un armario de promesas de futuro que ahora esperan inciertos a una maleta y una carretera.
El puente cayó mientras que se abre una senda pequeña y angosta de dudoso final, en un día donde el sol brillaba con fuerza, las tinieblas comieron a bocados la claridad de la luz dejando al sol en la vergüenza de su cuero gris, triste, mustio, dejando en su soledad rincones de rencor, de decepcíones, frustraciones, de pasiones perdidas y barcos varados en una arena de hormigón pintada de blanco.

Decir adiós en unos labios agrietados hace daño en el alma, dejando un recuerdo agridulce de un sueño que se cambió por otro en una feria de poca monta. Un adiós vendido a promesas que postponen sus palabras a otro destino, cambiado, mutado, arrepentido de dejar volar a un ave con soga al cuello, obligándolo a volver a la jaula de cristal, tan bonita, tan propia, con golondrinas que esperan su regreso y ratas que la esperan en el suelo.

No hay mal que por bien no venga, pero vuelve el nombre, no la persona, vuelve la materia, pero no el ente, vuelve la cabeza, pero no la mente, vuelve el corazón, pero esta vez, metido en un frasco con formol.

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