Si pierde el complejo de hastío, de soledad, de vacío, como quien pierde la sonrisa dibujada a la orilla de un mar de agua dulce y saladas cumbres, derrocando un trono pintado en la pared de un viejo edificio de mármol inventado y ventanas abiertas al cielo.
Preguntar a la noche el camino más corto, deambulando en parajes tintados, encontrar un reflejo familiar en los escaparates y perder la noción de los días frente a un rostro que ya no es el mismo, mutado, vendido, perdido y fulminado por miradas de párpados huecos.
Ahondando bajo la piel, encontrar tierra, arena dorada, fina y tersa cubriendo un pequeño jardín, un edén bajo la carne arañada por la erosión del tiempo dejando dormir por siempre, dejando que nunca despierte el ego, acariciarlo cada noche, mirar como duerme, como respira y sueña, trenzar sus cabellos mientras sus ojos sellados miran hacía el interior de un inerte y dulce deseo.
Al alba coser las heridas de la arenosa piel para durante el día cantarle nanas a la ira, al sucio deseo y a la mentira, buscándole una cuna bajo la cama del ego dormido en las cavidades del bajo vientre, mientras en las paredes se proyectan sombras cavernosas alejadas de una realidad exacta, dibujando su propia visión del mundo, mientras, encadenadas tras un muro, ojos que no ven escriben mitos con un cincel y una piedra, dejando una huella y varios nombres.
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