Las palabras brotan en una noche en la que las miradas se diluyen a través de espejos mudos, hacer un nudo entre mis dedos, dibujar con el humo figuras abstractas y soñar despierta con recuerdos que jamás ocurrieron.
Dejarme llevar con el sonido de un amanecer cercano y sentir los días pasados como un vacío entre las semanas, borrar algo que dudo de su veracidad, vencer a los fantasmas, sentirme pequeña, crecer a medida que las palabras acarician mi mejilla y cierran mis ojos esperando el mismo sonido de una puerta abierta y el olor de una melodía.
En mi piel marcas de guerras perdidas, vencidas, retiradas, en mis labios un cigarro seco que enturbian mi mirada, dejándome a ciegas en la noche donde hubo gatos maullándole al cielo gris fingiendo sonrisas de las que ahora no quiero saborear.
Una moneda en el agua turbia, un botón y una rosa, una canción para cada fuente, un ángel para cada recuerdo breve, un amargor para cada eco del inframundo, una lección que jamás pude aprender, una desesperación que arrancó mis ropas dejándolas tendidas en el frio suelo de una habitación vacía.
Una voz de mi interior que repite mis delirios tras culpabilidades hechas carne, gestante de miedos y temores, arrepentimientos tardíos sobre un lecho negro y la calidez reconfortantes de unas frases escritas en un trozo blanquecino, frases sin sentido que me devuelven a la cordura y me dejan soñar libremente de nuevo.
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