martes, 30 de agosto de 2011

Rarezas

Salir una mañana con los ojos borrados, mochila al hombro, sentir que durante el alba tu cuerpo dejó de ser tuyo, prestando la flor al primer nombre que en tus oídos se susurró, dejando un toque a amargo tabaco en los labios y unas llaves tintineantes entre las manos, al compás de algunas monedas en el pantalón.

Restos de carmín en los labios, un vaquero estrecho, unos cabellos peinados con los dedos y una sonrisa rota en los ojos, el olor del sol maquilla de lila el cielo azul, vertiendo escalofríos en los hombros, dejando que recorran una espalda arañada por el sonido de un samishen.
El alma enjaulada y la carne vendida a unos ojos inocentes, ebrios, sonrientes, liberadores, confesores de secretos envueltos en papel de fumar, extrañezas de los amaneceres pintados de violáceo sobre las noches más tenues, donde da igual quien sea, no importa el comprador, siempre está la misma figura, el mismo nombre que un día sonaron a la noche y hoy se escriben sobre papeles mojados.

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