Ante una semana en donde la vida convierte en arcilla maleable por el tiempo, por las noches, por los días, por los atardeceres en donde las manos de Kronos rasgan el cielo maquillando la tarde en palabras anaranjadas, perdidas en el olvido de una luz donde el sol calienta las lágrimas dejando la sal en las mejillas desgastadas, roídas por el agua de unos ojos perdidos en el horizonte malva junto a los recuerdos de una sonrisa inocente, joven y arrancada de las raíces de un pino extraviado en mitad de la nada.
Ja locura de una mujer un frío domingo de madrugada, donde buscando su cordura, recogiendo la basura que otros olvidan, como su propio nombre, como su realidad, como su dignidad y su feminidad, frágil, delirante, tomando un té en mesas decoradas con hilos de plata inventados y azúcar enmohecido sobre frágiles hojas de hormigón.
Delirios de una noche cálida en los ojos inyectados de penas, con el cuerpo helado y las manos atadas a la espalda, dejando que los nombres golpeen el alma de los que se han ido, de los que siquiera han nacido.
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