Amanece, tonos rosados acarician el oscuro cielo, los pájaros aletean en las copas de los árboles y el rumor del agua del río se funde con los pasos ligeros de una mañana húmeda, tibia y somnolienta.
Arrancados los pensamientos nocturnos, el aroma a café pulula entre las ventanas de las callejuelas y sacan el hambre de unos labios agrietados.
Garganta seca, tabaco y reflexiones durante la caminata, sudores fríos recorren la espalda de aquella que dormitaba sobre almohadas viejas y sueños nuevos. La brisa enfría el cuerpo, amansa el llanto, adormece el fuego y empuja a seguir caminando, con melodías en la mente y recuerdos en los oídos.
Disfrutar de cada amanecer, con el alma en blanco, dejando que los pensamientos lleguen como los rayos del sol durante su despertar, dibujando huellas, aspirando el olor de un nuevo día, siendo aquella la última estrella del nuevo cielo azul.
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