La luz del sol se refleja en el cristal, colgado de una ventana, a merced del viento, a capricho de la lluvia, a los delirios de la noche.
El cristal se mece, dibujando en el aire arco iris, obligando a cerrar los ojos ante los destellos fulgurantes.
La luna se mira, al principio tímida, luego valerosa, esbozando sonrisas frágiles, sintiéndose bella, poderosa, inalcanzable... Pero la luna no sabe que el vaivén acabará cortando el hilo de su espejo, dejando un eco sordo de lluvias vidriosas, convirtiendo su reflejo en pequeñas motas de luz en los fragmentos esparcidos en el suelo, ocultándose entre la hierba, dejando volar la brizna más ligera, persiguiendo dragones de hielo tibio.
Cada anochecer cuenta las gotas de aquel espejo, intentando adivinar su aspecto cada madrugada, tomando en su mirada el rostro desfigurado que los cristales le ofrecen. Perdiendo su luz en mitad de la nada, envidiando a la hierba, soñando despierta, maldiciendo el frágil hilo y su estúpida vanidad.
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