jueves, 8 de noviembre de 2018

Tras el cristal


Volando a ras de suelo, sintiendo las gotas de los charcos al pasar. Escuchar el sonido de las hojas temblar, crujir a cada alada que doy, pies ligeros dibujan sombras en el frío adoquín, abandonando el cuerpo, dejándome fluir con la llovizna, con el trasiego, con las sonrisas de quienes cruzan a mi lado.

Me desligo de mi carne, dejo que el frío recorra mis entrañas, observo, contemplo todo lo que a mi alrededor sucede y me dejo llevar. Siento el café en mis labios, el brillo de la cristalera en mis ojos, el tintineo de las tazas, el olor a tierra mojada.
Siento la caricia de una madre a su bebé, el suave tacto del cabello de una chica morena, siento el mar en los ojos de una mujer, siento la pena en el alma de un hombre, siento las manos arrugadas de un anciano mientras sostiene tembloroso el periódico, siento las hojas vibrar y chasquir a cada paso de página, siento los labios rojos de una chica en el borde de la taza, su aroma me llega, café y perfume, hace que entre aún más en la vida que ocurre en un solo instante, que se olvida, se desecha, mundano, cotidiano, maravilloso.

Adoro los momentos en silencio, adoro venerar momentos de pura vida, guardar en mis retinas el beso de la madre, el cabello de la morena, la pena del hombre, las manos del anciano, los labios de la chica, el olor a café, papel, perfume y lluvia.

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