Un gato, negro, se posa en mi ventana, ¿cómo habrá llegado hasta aquí?. Sus ojos tienen algo extraño, brillan de un modo distinto, pueden atravesar la espesa persiana de plástico fundido, puede arañar sólo con sus pupilas dilatadas el cristal opaco de mi ranura en la pared de la que yo llamo habitación.
Siento un escalofrío intenso que recorre mi espina dorsal abrazando mis vértebras como una enredadera a roídos columpios de metal olvidados en un jardín oxidado, rugen mis cabellos y mis poros se abren expulsando una sudoración helada como el agua de enero.
Miedo, esa sensación que nubla los sentidos y agudiza la imaginación, intensificando el tacto en la piel, capaz de percibir el mínimo movimiento suspendido en el aire. El inicio de la locura, el inicio de la lucha del subconsciente contra la realidad dibujada con colores crema y decorada con dulces aromas a repostería.
Una respiración en la nuca, miradas huidizas por el final de unos ojos delimitados en un rostro paralizado por la intensa descarga en los músculos cobrizos, cubiertos con una piel blanquecina y fría.
El latido de un corazón se funde en el silencio de la noche, se mezcla con el zumbido de un tímpano gastado y una respiración acelerada, se detiene esperando conseguir el silencio absoluto y rastrear el sonido proveniente de alguna parte oscura, húmeda y polvorienta de la mente. Nada, silencio, los pulmones se llenan de aire y vuelve el sonido inquietante, los golpes en el suelo, en el techo, en la cama.
Llegando al límite de lo que un cuerpo puede soportar, la visión se nubla dejando paso a un cuerpo inerte, sombreado y negro, se va acercando, los ojos intentan enfocar ésa figura, pero el barco comienza su lucha contra el oleaje y la estabilidad de unas piernas es derrocada por la pérdida de la consciencia más dulce en un simulacro de muerte súbita.
Edulcorado aroma en un ambiente tétrico, angosto y mohoso, con flores rosas colgando inertes de una pared con vistas a un paisaje verde hecho a mano. Acompañando al laúd sin cuerdas tocado por una sombra sin manos, en la fría luz de la mañana en un invierno olvidado, borrando el pasado robado de posesiones no delatadas, en donde la juventud se pierde con el viento helado de los primeros rayos de sol dejando que un mañana trague futuros incompletos.
La primera luz de la mañana hace que el gato se escape, mi columna pierda el hieratismo y mi mirada se torne vacía, para poder descansar y seguir durmiendo con los fantasmas que me arropan y se arrullan en mi almohada, dejando que duerman conmigo.
martes, 28 de septiembre de 2010
lunes, 20 de septiembre de 2010
Ecos del bajo vientre
El clamor de unas trompetas irrumpen en los salones del bajo vientre, el infierno arde y acaba con todo lo que a su paso encuentra.
Sentir un final amargo anticipado en los labios, sentir una concavidad vacía, estirada por la presión arterial de un arma blanca, heridas expuestas ante un homicidio consentido, una única franja abierta, mullida, tierna, suave. Una trinchera donde cobijar a un único soldado sediento de sangre, mientras una guerra estalla en las montañas hiriendo con dentelladas yugulares enemigas, rociando caricias de queroseno ardiente en la piel del contrincante y rasgando sus vestiduras, dejando a la vista unas vergüenzas desprovistas de rubores.
Pesadillas al alba gritan banales deseos de media noche, tinta en la piel y aullidos sordos haciendo eco entre cuatro paredes blancas para terminar durmiendo entre sábanas de lino imitado y un colchón prestado.
Mirar el final incierto de un filme nunca estrenado, leer guiones a medio escribir esperando en la puerta a que un león ruja y se apague la pantalla.
Manos vomitan una sudoración fría calmando el fulgurante calor del infierno al menos por un breve estadío de tiempo. Perdiendo la noción de los recuerdos, sombras evocan gestas pasadas que dudan de su existencia o simplemente el viento borró los recodos de abrazos mentidos y sonrisas a medio terminar.
Anhelos de miedos que se sienten cerca, agarrar el primer tren y dejar atrás el ocaso de un mundo en el que los últimos mueren de soledad y los primeros sonríen delante del espejo.
Sentir un final amargo anticipado en los labios, sentir una concavidad vacía, estirada por la presión arterial de un arma blanca, heridas expuestas ante un homicidio consentido, una única franja abierta, mullida, tierna, suave. Una trinchera donde cobijar a un único soldado sediento de sangre, mientras una guerra estalla en las montañas hiriendo con dentelladas yugulares enemigas, rociando caricias de queroseno ardiente en la piel del contrincante y rasgando sus vestiduras, dejando a la vista unas vergüenzas desprovistas de rubores.
Pesadillas al alba gritan banales deseos de media noche, tinta en la piel y aullidos sordos haciendo eco entre cuatro paredes blancas para terminar durmiendo entre sábanas de lino imitado y un colchón prestado.
Mirar el final incierto de un filme nunca estrenado, leer guiones a medio escribir esperando en la puerta a que un león ruja y se apague la pantalla.
Manos vomitan una sudoración fría calmando el fulgurante calor del infierno al menos por un breve estadío de tiempo. Perdiendo la noción de los recuerdos, sombras evocan gestas pasadas que dudan de su existencia o simplemente el viento borró los recodos de abrazos mentidos y sonrisas a medio terminar.
Anhelos de miedos que se sienten cerca, agarrar el primer tren y dejar atrás el ocaso de un mundo en el que los últimos mueren de soledad y los primeros sonríen delante del espejo.
lunes, 13 de septiembre de 2010
Ella

Cuando las lágrimas caen al suelo en pequeñas dosis de dolor cristalizado, todo se vuelve gris, opaco. Las sonrisas son de color ocre, las miradas como cuencos vacíos, las caricias como espinas de rosal…
Ella lo sabía, había algo en su interior que se lo advertía, pero hizo caso omiso y continuó, a pesar de todo, a pesar de caminar sobre cristales, a pesar de respirar humo, ella continuó. Quizás sea ahora cuando se arrepiente, quizás es ahora cuando le duele sonreír, quizás ahora es demasiado tarde.
Cuando uno se aferra a los restos de un navío a la deriva, sólo porque aún flota en el mar, cae en el error de pensar en que nunca se hundirá, pero llegará el día en el que el navío no aguantará su peso y ambos se hundirán, ahogando latidos de corazón bajo el intenso azul mar.
Pasarán décadas y todo sigue igual, su arrugada alma, arañada por el paso del tiempo, han dejado surcos que nunca sembraron nada. En la soledad de su repisa, observa la juventud que ya no está, la juventud consumida entre humo y alcohol, entre cafés y pasiones espontáneas, volátiles como globos en el cielo.
Sabores amargos luchan por escapar de su lengua, pero ella lo sabía, y guardó en lo más adentro de su corazón un pequeño cofre llamado dolor, aguardó ahí años, pero ella lo sabía. Nunca pudo dar salida a todo lo que sentía e intentaba huir, pero la seguía y ella lo sabía.
Apasionada cuando aún era flor, vieja gloria que se pasea entre trastos viejos, entre polvo y moho, que son ahora recuerdos, el pasado dejó de existir y todo se olvidó, todos se olvidaron de la estrella que más brillaba en el firmamento.
Nadie supo conservarla, dando tumbos de cama en cama, lamía con fervor restos y sobras de cariño que cualquiera mostraba, pero ella lo sabía y aun así seguía. Ahora lame esos recuerdos que son tan crueles como su propio presente.
Sale a la calle con carmín rojo en los labios y negro en las pestañas, camina con pesados ropajes y guantes, a pesar de que no hace frío; su mirada, aún altiva, desafía a quien se cruza en su camino, pero teme a las miradas, se atusa el pelo, jirones de blancos cabellos cuelgan de hilos de plata, cabellos que antaño se mecían con el vaivén de la pasión, sólo cuentan tristes su soledad y delirio.
Nunca aprendió a amar, nunca aprendió a ser amada, pero ella lo sabía y aun así siguió
jueves, 9 de septiembre de 2010
Breathe underwater

Te despiertas en mitad del mar sudando sal a espuertas, esperando a que alguien la compre por un precio razonable. Esperar para dejar de respirar entre algas de hormigón, sentir que el aire te falta, intentar olvidar todo lo que asfixia el cuello del cisne que nunca llegó a ser patito.
Perder un tren en un andén sin raíles, que se difunden en el horizonte, mientras en los periódicos escritos los titulares con sangre vocean galas y trajes verdes de camuflaje y cajas de pino apuntaladas hacia el cielo.
La noción de los días cambian con el sol apuntando al suelo, los caballos galopan alejándose de los verdes prados, un fuego inminente imperceptible, una llama encendida, pero invisible, da la alerta con luces rojas carmín, esperando la llegada de un hidroavión cargado de metal.
¿Dónde cantan las águilas? ¿dónde los cuervos vierten ojos negros a una sombra indeleble al agua? ¿dónde se esconden las golondrinas cuando sus nidos lloran?
Castillos de naipes caen ante el ataque de un mar arrastrado por aves y trenes extraviados, perdidos, fantasmas. Olas de amarga realidad abofetean un rostro herido por el ardiente sol estival, dejando recuerdos agridulces en los labios, risas en el corazón guardadas, rostros difuminados, besos que nunca existieron, mapas perdidos en montañas áridas.
Cuesta respirar, cuesta caminar cuando el sol te da la espalda, cuesta ver la luz cuando tus pupilas se contraen y se cierran en un círculo cromático en el cual sólo existe el negro. Vencidas manos borran los pocos recuerdos que le golpean el bajo vientre, escribiendo una historia en la más profunda inmensidad.
http://www.youtube.com/watch?v=abghmyTAIII
sábado, 4 de septiembre de 2010
En desiertos oscuros llenos de clarividencias trucadas sólo cabe uno, no hay espacio para el gentío abarrotador esperando en la cola de un concierto mudo. Dedos cruzados esperan señales divinas en el banco de una habitación sagrada, una frase, una paloma con mensaje tatuado en su frágil pata de hueso hueco.
Tosca cabeza pesada, golpea las mesas en busca de alguien que le abra la puerta, vacío, no está, murió, pero de repente una sombra de lo que fue y nunca sucedió se cruza dando leves pisadas a un suelo arenoso, gris. Perdiendo la noción de los días, volcando hiel por una garganta de metal sintiendo un toque imaginario, sintiendo algo incorpóreo, daliano, utópico.
Plegarias a una virgen de metracrilato, llorando sangre pintada en sus mejillas ignora las súplicas de una voz atea que necesita un soplo de vida, necesita ver el mar en sus ojos, sentir el blanco de la nieve en sus labios, sentir la lluvia en su cara, sentir su nombre en el pecho y gritar a viva voz su recuerdo.
Meciendo cabellos cortados, espejos rotos por la ira, por la decepción, es todo lo que pidió, un rezo al atardecer que nunca llega, una tristeza que le cubre el alma antes de que la luna toque el fondo del mar opaco.
Se siente fuera de juego, una vez rozó la cúspide de un torreón, cerca del cielo con los pies lejos de la tierra. Hoy toca su alma el subsuelo, Baco no ayuda a evadirse de una ilusión pasada. No puede ver la realidad, no quiere acabar lamiendo recuerdos de segundos acortados por risas y perversiones del mundo real, no quiere sentir el dolor de su pecho mientras sus piernas tambalean guiando sus pasos hacia el ocaso.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Siéntate

Butacas roídas me invitan a entrar en un sueño placentero, cierro los ojos, unas cortinas rojas de terciopelo se abren dando lugar un escenario vacío. El eco del polvo cae como lluvia en un suelo de madera, laúdes de cuerdas mordidas yacen en las paredes.
Una luz me invita a salir...
- ¿Qué ves?
- Nada
- Sigue mirando...
- Veo, algo, veo flores blancas, paisajes verdes, veo tejados rojos... me veo a mi, ¿soy yo?, estoy tumbada en la hierba, parezco dormida, estoy sonriendo, pero, ¿dónde estoy?
- Donde quieras, estás
- Estoy en un lugar hermoso, donde el verde es más verde, donde los animales vagan libres, donde no hay llantos, donde el hombre es hermano y la mujer madre gestante de fraternidad, no hay escaleras, no hay muros, no hay trincheras ni batallas, no hay hambre, no hay sangre, no hay velos, no hay cadenas, donde hay sonrisas, donde hay caricias. Estoy donde los besos saben a fruta, los susurros a suave azúcar y las palabras no se las lleva el viento. Estoy en mi propio cielo.
- Es la tierra, es tu hogar, pero sólo cuando duermes. Despierta y verás tu mundo, tu cielo en la tierra si así quieres que sea, puedes vagar por el infierno si decides que no puedes hacer nada...
Abrir los ojos es tan doloroso, dejar atrás lo más hermoso, hay que despertar, pero no quiero, quiero dormir por siempre y olvidar que mi mundo es otro.
Unos ojos azules me indican que debo volver, ¿son recuerdo o de mi sueño? un azul tan profundo que erizó la piel de mi nuca dejando un sabor a terciopelo blanco.
Una lengua extraña me susurra, algo me dice, no la entiendo, caballos negros cabalgan de nuevo en el inmenso campo abierto, en busca de nuevo, cabalgan dejando herraduras en la tierra, los caballos vuelven...
Me senté, pensé y soñé y vi lo que en mi mente habita, escuché lo que mi subconsciente me decía, he vuelto a dejar libres los caballos, he sentido su galope.
¿Qué sientes tu?
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