sábado, 4 de septiembre de 2010


En desiertos oscuros llenos de clarividencias trucadas sólo cabe uno, no hay espacio para el gentío abarrotador esperando en la cola de un concierto mudo. Dedos cruzados esperan señales divinas en el banco de una habitación sagrada, una frase, una paloma con mensaje tatuado en su frágil pata de hueso hueco.

Tosca cabeza pesada, golpea las mesas en busca de alguien que le abra la puerta, vacío, no está, murió, pero de repente una sombra de lo que fue y nunca sucedió se cruza dando leves pisadas a un suelo arenoso, gris. Perdiendo la noción de los días, volcando hiel por una garganta de metal sintiendo un toque imaginario, sintiendo algo incorpóreo, daliano, utópico.

Plegarias a una virgen de metracrilato, llorando sangre pintada en sus mejillas ignora las súplicas de una voz atea que necesita un soplo de vida, necesita ver el mar en sus ojos, sentir el blanco de la nieve en sus labios, sentir la lluvia en su cara, sentir su nombre en el pecho y gritar a viva voz su recuerdo.
Meciendo cabellos cortados, espejos rotos por la ira, por la decepción, es todo lo que pidió, un rezo al atardecer que nunca llega, una tristeza que le cubre el alma antes de que la luna toque el fondo del mar opaco.

Se siente fuera de juego, una vez rozó la cúspide de un torreón, cerca del cielo con los pies lejos de la tierra. Hoy toca su alma el subsuelo, Baco no ayuda a evadirse de una ilusión pasada. No puede ver la realidad, no quiere acabar lamiendo recuerdos de segundos acortados por risas y perversiones del mundo real, no quiere sentir el dolor de su pecho mientras sus piernas tambalean guiando sus pasos hacia el ocaso.

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