viernes, 19 de agosto de 2011

My only friend, the end...

De nuevo acudir a los mismos pensamientos, de nuevo temer lo ya conocido, dejar de vivir en un presente inventado y morir en el hoy más tenue, entre llaves que no abren y ventanas tapiadas.
¿Qué esperar de las lágrimas si siempre son saladas? ¿Qué esperar de las horas si siempre cuentan los segundos? ¿Qué esperar hoy lo que no vendrá mañana?
Dormir en una cama de prestado los días que el sol te da la espalda y se oculta tras barras de bar imberbes y esperanzas mullidas de algodón amarillo.

Y entre tanto bullicio, una figura camina como una sombra sin cuerpo palpable, besando a las esquinas, dejando un aroma a alcohol destilado, mutilado y reflejado en un libro blanco con una única palabra escrita, sola, en mitad de la nada, con muchas páginas por detrás y demasiadas por delante que no anuncian nada, dejando, los días con la luna a medio comer, que el libro se cierre adelantando el final con un epitafio en donde se escriba el nombre de la historia que nunca me paré a escribir.

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