jueves, 6 de octubre de 2011

Closer


Extraños en la retina se graban por un breve instante, se pierden entre el humo de mi boca y entre las luces de un otoño caluroso.
Faros alumbran por un momento una pared amarilla, se desvanecen las sombras chinescas y acuden de nuevo a la llamada de la oscuridad. Dibujos caprichosos dejan volar la imaginación, donde los muros tienen heridas y su sangre se derrama por las comisuras de los ladrillos incoloros.

Perder la noción del tiempo mirando a un cielo sin estrellas, sentir las gotas de un rocío salado en la mejilla, saboreando el color de unas manos sucias y unos cabellos perfumados.
Caminar dejando las huellas vacías atrás, mirar fugazmente, seguir caminando, guiando los pasos al ritmo de un corazón, al compás de recuerdos que cortan la fina piel que los recubre, hiriendo la soledad de una calle vacía.
Derrotada, mutilada, magullada y marcada, cuento las lágrimas de una lluvia ficticia sobre el árido suelo y dibujo con mis dedos letras inventadas, palabras que no forman nada, huecos en el aire y rodillas en el suelo.

Una gata en el suelo, en mitad de la calzada, sola, inmóvil, con los ojos brillantes, mirando fijamente a la nada, tensa, hierática, perdida, desorientada, anclada en el duro pavimento, esperando, en silencio, con una mancha negra en el pecho y las pupilas dilatadas, las uñas retraídas y el pelaje sucio, abandonada, con el alma herida y las orejas caídas, sin collar y sin voz para maullar. Vuelve en sí, me mira a los ojos y yo rompo a llorar, ella se gira y comienza a andar, dejándome atrás, olvidando todo en un instante.

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