El nuevo frío entra por mis piernas y abrazan firmemente mis caderas, adueñándose de mi paso en la noche. Mi reflejo en los escaparates dista de la imagen que semanas atrás grababa en los cristales, hoy me siento más libre, me siento más perdida en el cielo, con nuevas ideas en la cabeza y viejos zapatos en los pies.
Mi respiración entrecortada se mezcla con el humo de un tabaco ligero y espeso sobre mis cabellos, flotando junto a los deseos que días atrás vertí al final de una carretera.
Hilos en mis dedos que se cortan con la mirada inocente de unos ojos grandes, con el ego crecido y el pelo enmarañado, silencios que susurran pensamientos insonoros sobre la frente, obsesiones que nacen con una puerta cerrada y juventud enfrascada en un lapso de tiempo, adornando la repisa de madera de un bar, junto al bourbon caliente y el ron añejo.
Acariciando el lomo de la bestia dormida, rasgando la guitarra con un oído dócil, con ideas que ya nacieron un apacible domingo y se confirmaron durante ocasos en donde el verano perdía su reino, dejando paso al frío que me envuelve, al vaho en los cristales, a los veinte años consumidos por el aroma de una dama de noche que busca venganza por las marcas que en su piel, el tiempo dejó.
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