lunes, 3 de octubre de 2011

Al respirar


El ombligo que se retuerce sobre sí mismo, dejando una sombra sobre los ojos, una mentira en los dedos y una sonrisa en los labios.
Perdiendo la fe en los dos pies, haciéndonos daños, vertiendo cuchillos sobre espaldas mojadas y escribiendo historias marchitas. Al nacer, abrir los ojos y ver el borroso mundo que jamás ofrecerá una imagen nítida, respirar aire enrarecido y culpar al tabaco del cáncer, de los billetes de quinientos y de las lágrimas que derramo cada vez que se pone el sol, perdiendo las pocas monedas que en mi bajo vientre escondo.
Valentía de unos pocos para mentir con alevosía, para huir con una maleta y dejar a medias tintas unas piernas abiertas, una libreta y una deuda con su alma, vendida de oferta al diablo, mientras conduce hacia el este olvidando la carga que su conciencia se anuda.
Lágrimas de color cobrizo dejan que el odio se preste ante el olvido, ante una súplica inventada, ante el espejo, ante sus ojos, ante los míos, ante el borroso mundo.
El aroma a inocencia se desprende por los poros del hormigón armado, se palpa en los pequeño rayos de sol, se saborea en los gritos de un patio de colegio y hacen olvidar por un instante, el amor adulto que se viste de gala y camufla su asco con carmín rosado.

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