Sábado 7 de septiembre:
Ana se dirigía en coche a casa de su amiga, había un tráfico horrible, nerviosa, no paraba de tamborilear los dedos en el volante, cambiaba de emisora una y otra vez, como si buscase algo que la sacara de ese estado, una noticia, una canción, lo que fuese.
Se decía a sí misma que seguramente no pasaba nada, que se estaba preocupando demasiado, pero tenía un mal presentimiento.
Tras un par de vueltas, consiguió aparcar, bajó del coche y un fuerte olor a humo la golpeó. Agitada, apresuró sus pasos y al doblar la esquina encontró un cordón policial, dos camiones de bomberos y un amplio despliegue sanitario.
Era una imagen sobrecogedora, todo el edificio había ardido, según pudo discernir entre las conjeturas del gentío que allí se agolpaba, el fuego se originó en la planta baja y debido al revestimiento de madera de las paredes, se propagó con una rapidez asombrosa.
Ana miró hacia la segunda planta, la ventana del piso de su amiga estaba abierta, salía un denso humo gris, esa imagen golpeó su pecho y corrió hacia el cordón policial.
-¡Moira! ¡Moira! -Gritaba Ana desesperada, sus piernas flaqueaban y sus gritos se convirtieron en llanto.
(Continuará)
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