Sábado 7 de septiembre:
Ana despertó en una ambulancia, aún podía respirar el olor a quemado del ambiente, se quitó la mascarilla y comenzó a hacer preguntas, una tras otra, pero realmente quería saber si había víctimas mortales y más concretamente si entre ellas se encontraba su amiga Moira.
Respiró tranquila cuando el médico le dijo que solo había una víctima, un hombre de avanzada edad. Sintió alivio, pero una nueva preocupación subía por su esófago, seguía sin saber nada de ella y una extraña sensación se apoderó de todo su cuerpo.
Al otro lado de la ciudad, Carmen Alonso, policía judicial de la Guardia Civil, recibía una llamada, había sido hallado el cuerpo de una mujer de unos 30 años en el interior del maletero de un coche.
Apuró su café, recogió su material y subió al coche, junto a su compañero, en dirección a la escena.
Continuará
Breathe underwater
lunes, 16 de septiembre de 2019
lunes, 9 de septiembre de 2019
Ella, parte 4
Sábado 7 de septiembre:
Ana se dirigía en coche a casa de su amiga, había un tráfico horrible, nerviosa, no paraba de tamborilear los dedos en el volante, cambiaba de emisora una y otra vez, como si buscase algo que la sacara de ese estado, una noticia, una canción, lo que fuese.
Se decía a sí misma que seguramente no pasaba nada, que se estaba preocupando demasiado, pero tenía un mal presentimiento.
Tras un par de vueltas, consiguió aparcar, bajó del coche y un fuerte olor a humo la golpeó. Agitada, apresuró sus pasos y al doblar la esquina encontró un cordón policial, dos camiones de bomberos y un amplio despliegue sanitario.
Era una imagen sobrecogedora, todo el edificio había ardido, según pudo discernir entre las conjeturas del gentío que allí se agolpaba, el fuego se originó en la planta baja y debido al revestimiento de madera de las paredes, se propagó con una rapidez asombrosa.
Ana miró hacia la segunda planta, la ventana del piso de su amiga estaba abierta, salía un denso humo gris, esa imagen golpeó su pecho y corrió hacia el cordón policial.
-¡Moira! ¡Moira! -Gritaba Ana desesperada, sus piernas flaqueaban y sus gritos se convirtieron en llanto.
(Continuará)
Ana se dirigía en coche a casa de su amiga, había un tráfico horrible, nerviosa, no paraba de tamborilear los dedos en el volante, cambiaba de emisora una y otra vez, como si buscase algo que la sacara de ese estado, una noticia, una canción, lo que fuese.
Se decía a sí misma que seguramente no pasaba nada, que se estaba preocupando demasiado, pero tenía un mal presentimiento.
Tras un par de vueltas, consiguió aparcar, bajó del coche y un fuerte olor a humo la golpeó. Agitada, apresuró sus pasos y al doblar la esquina encontró un cordón policial, dos camiones de bomberos y un amplio despliegue sanitario.
Era una imagen sobrecogedora, todo el edificio había ardido, según pudo discernir entre las conjeturas del gentío que allí se agolpaba, el fuego se originó en la planta baja y debido al revestimiento de madera de las paredes, se propagó con una rapidez asombrosa.
Ana miró hacia la segunda planta, la ventana del piso de su amiga estaba abierta, salía un denso humo gris, esa imagen golpeó su pecho y corrió hacia el cordón policial.
-¡Moira! ¡Moira! -Gritaba Ana desesperada, sus piernas flaqueaban y sus gritos se convirtieron en llanto.
(Continuará)
domingo, 8 de septiembre de 2019
Ella, parte 3
11 de febrero, 1996:
Era la mañana de su 11 cumpleaños, un domingo frío, los cristales de su ventana estaban empañados y un suave aroma a café inundaba la pequeña habitación.
En la cocina sonaba la radio, su madre canturreaba una canción mientras batía los ingredientes para hacer un bizcocho.
Aún somnolienta, se dirigió a la cocina, arrastrando los pies, con el pelo enmarañado y una sonrisa en los labios.
En la minúscula mesa de la cocina había galletas, tostadas y un cola cao aún humeante, abrazó a su madre por la espalda y aspiró su olor, adoraba como olía su madre, se sintió feliz, sintió por fin que la vida les había dado otra oportunidad y que ahora serían ellas dos las que escribirían su futuro, imparable.
Era la primera vez que celebraría su cumpleaños, como el resto de niñas, era la primera vez que soplaría unas velas, como tantas veces lo veía en la televisión, era el primer bizcocho de cumpleaños y fue sencillamente, perfecto.
(Continuará)
Era la mañana de su 11 cumpleaños, un domingo frío, los cristales de su ventana estaban empañados y un suave aroma a café inundaba la pequeña habitación.
En la cocina sonaba la radio, su madre canturreaba una canción mientras batía los ingredientes para hacer un bizcocho.
Aún somnolienta, se dirigió a la cocina, arrastrando los pies, con el pelo enmarañado y una sonrisa en los labios.
En la minúscula mesa de la cocina había galletas, tostadas y un cola cao aún humeante, abrazó a su madre por la espalda y aspiró su olor, adoraba como olía su madre, se sintió feliz, sintió por fin que la vida les había dado otra oportunidad y que ahora serían ellas dos las que escribirían su futuro, imparable.
Era la primera vez que celebraría su cumpleaños, como el resto de niñas, era la primera vez que soplaría unas velas, como tantas veces lo veía en la televisión, era el primer bizcocho de cumpleaños y fue sencillamente, perfecto.
(Continuará)
Ella, parte 2
Sábado 7 de septiembre:
Miraba el móvil una y otra vez, nada, no había doble check, en la parte superior del chat seguía apareciendo: "Última vez hoy a las 3:40".
-¿Qué coño le pasa? -Pensó Ana mientras revisaba la última conversación con ella-. ¿Dónde se habrá metido esta chica?
Lo último que hablaron la dejó inquieta, ella fue parca en palabras, no se explicaba con claridad y lo que más le preocupó, que no cogiera sus llamadas, eso le jodía y le asustaba a partes iguales.
-Ana, he de irme, he tenido un problema, un marrón que solo yo debo solucionar-. Fue lo último que escribió, tras aquello, horas en las que se conectaba y desconectada, pero no respondía.
-Se acabó, pasaré por su casa y si está, que me explique qué carajo está pasando, a mí no me oculta ya más nada-. Pensaba Ana mientras cogía las llaves del coche y salió de su casa.
Hacía un calor insoportable, asfixiante por culpa de la intensa lluvia caída durante la noche, el ambiente lúgubre de aquella mañana parecía acompañar a lo que sucedería minutos después.
(Continuará)
Miraba el móvil una y otra vez, nada, no había doble check, en la parte superior del chat seguía apareciendo: "Última vez hoy a las 3:40".
-¿Qué coño le pasa? -Pensó Ana mientras revisaba la última conversación con ella-. ¿Dónde se habrá metido esta chica?
Lo último que hablaron la dejó inquieta, ella fue parca en palabras, no se explicaba con claridad y lo que más le preocupó, que no cogiera sus llamadas, eso le jodía y le asustaba a partes iguales.
-Ana, he de irme, he tenido un problema, un marrón que solo yo debo solucionar-. Fue lo último que escribió, tras aquello, horas en las que se conectaba y desconectada, pero no respondía.
-Se acabó, pasaré por su casa y si está, que me explique qué carajo está pasando, a mí no me oculta ya más nada-. Pensaba Ana mientras cogía las llaves del coche y salió de su casa.
Hacía un calor insoportable, asfixiante por culpa de la intensa lluvia caída durante la noche, el ambiente lúgubre de aquella mañana parecía acompañar a lo que sucedería minutos después.
(Continuará)
Ella, parte 1
Viernes 6 de septiembre:
Esa noche su almohada se llenó de pesadillas, consiguió dormirse cuando el sol despuntaba por la esquina izquierda de su ventana.
Tras una cabezada corta, sintió la necesidad de huir, su pecho no aguantaba más. Balanceando los pies sentada en la cama miraba sus manos, sintió miedo y como una autómata se levantó, se vistió y bajó a la cafetería de la esquina.
El café ardiente quemó su lengua, mientras la rozaba contra sus dientes, buscando las burbujas de las quemaduras, su cuerpo se paralizó, esa sombra, esa figura, estaba tras la pequeña ventana, sintió como su corazón latía intensamente y sus manos dejaban caer las monedas sobre la barra.
Cogió la pequeña mochila y se apresuró para salir de allí, fue la última vez que la vieron.
(Continuará)
Esa noche su almohada se llenó de pesadillas, consiguió dormirse cuando el sol despuntaba por la esquina izquierda de su ventana.
Tras una cabezada corta, sintió la necesidad de huir, su pecho no aguantaba más. Balanceando los pies sentada en la cama miraba sus manos, sintió miedo y como una autómata se levantó, se vistió y bajó a la cafetería de la esquina.
El café ardiente quemó su lengua, mientras la rozaba contra sus dientes, buscando las burbujas de las quemaduras, su cuerpo se paralizó, esa sombra, esa figura, estaba tras la pequeña ventana, sintió como su corazón latía intensamente y sus manos dejaban caer las monedas sobre la barra.
Cogió la pequeña mochila y se apresuró para salir de allí, fue la última vez que la vieron.
(Continuará)
miércoles, 20 de febrero de 2019
Hielo y fuego
Hay veces, hay momentos, un café, una mesa, una sola y dejarse llevar por los recónditos parajes del pensamiento.
Hoy decidí, hoy sufro batallas internas mientras la fresca brisa mece mis cabellos ajenos al fuego que en mi testa se rebela.
Una guerra entre los cristales esparcidos en mi caja torácica y los muros de mi mente, donde los fragmentos translúcidos arañan lo que la psique ya sabe, escribiendo pequeñas frases de esperanza, pequeñas palabras de utopías lejanas cual montaña nevada que atrás quedan tras el viaje y aquellas confesiones a medio creer.
Una guerra entre los cristales esparcidos en mi caja torácica y los muros de mi mente, donde los fragmentos translúcidos arañan lo que la psique ya sabe, escribiendo pequeñas frases de esperanza, pequeñas palabras de utopías lejanas cual montaña nevada que atrás quedan tras el viaje y aquellas confesiones a medio creer.
Fútil intento queda entre mis manos de agarrar los hilos rojos, mientras mi razón sostenta la llama que los hará arder, contando las horas perdidas, horas que los cristales en mí se empeñan en hacer brillar, cegando mi mente durante el día, oscureciendo ante el ocaso y despertando durante la noche.
El cristal de aquellas tierras, el cristal que guardé entre mis costillas, poco a poco se desvanece entre mis dedos, cual hielo frente al sol del mediodía, no pudiendo cobijar con mi sombra la sentencia que ha de llegar.
sábado, 15 de diciembre de 2018
Cristal de invierno
Sentada sobre el alféizar, sus cortitas piernas se balanceaban, sus frías manos agarraban con no demasiada fuerza el saliente y su cabeza soñaba.
Tarareaba una canción, quizás de su recuerdo, quizás de su invención, quizás de ambos. Sus grandes ojos marrones observaban ávidos el trasiego, su pequeña boca sonreía y el vaho se dibujaba en el aire.
El frío entraba por los rincones de su pequeño cuerpo, dejando en una especie de letargo sus músculos, pero no le importaba, seguía cantando esa dulce e inquieta melodía, quería sentirse viva, quería seguir en el mundo, quería seguir sentada en la ventana y olvidar por un momento su efímera existencia.
El menudo cuerpo se acurrucó, buscando calor en el granito, sus ojos se cerraron dulcemente y su blanca tez se fragmentó en diminutos cristales de hielo. Con los primeros rayos de sol la canción se disipó, el vaho enmudeció y los pequeños pies dejaron de bailar sobre el alféizar.
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