
Cuando las lágrimas caen al suelo en pequeñas dosis de dolor cristalizado, todo se vuelve gris, opaco. Las sonrisas son de color ocre, las miradas como cuencos vacíos, las caricias como espinas de rosal…
Ella lo sabía, había algo en su interior que se lo advertía, pero hizo caso omiso y continuó, a pesar de todo, a pesar de caminar sobre cristales, a pesar de respirar humo, ella continuó. Quizás sea ahora cuando se arrepiente, quizás es ahora cuando le duele sonreír, quizás ahora es demasiado tarde.
Cuando uno se aferra a los restos de un navío a la deriva, sólo porque aún flota en el mar, cae en el error de pensar en que nunca se hundirá, pero llegará el día en el que el navío no aguantará su peso y ambos se hundirán, ahogando latidos de corazón bajo el intenso azul mar.
Pasarán décadas y todo sigue igual, su arrugada alma, arañada por el paso del tiempo, han dejado surcos que nunca sembraron nada. En la soledad de su repisa, observa la juventud que ya no está, la juventud consumida entre humo y alcohol, entre cafés y pasiones espontáneas, volátiles como globos en el cielo.
Sabores amargos luchan por escapar de su lengua, pero ella lo sabía, y guardó en lo más adentro de su corazón un pequeño cofre llamado dolor, aguardó ahí años, pero ella lo sabía. Nunca pudo dar salida a todo lo que sentía e intentaba huir, pero la seguía y ella lo sabía.
Apasionada cuando aún era flor, vieja gloria que se pasea entre trastos viejos, entre polvo y moho, que son ahora recuerdos, el pasado dejó de existir y todo se olvidó, todos se olvidaron de la estrella que más brillaba en el firmamento.
Nadie supo conservarla, dando tumbos de cama en cama, lamía con fervor restos y sobras de cariño que cualquiera mostraba, pero ella lo sabía y aun así seguía. Ahora lame esos recuerdos que son tan crueles como su propio presente.
Sale a la calle con carmín rojo en los labios y negro en las pestañas, camina con pesados ropajes y guantes, a pesar de que no hace frío; su mirada, aún altiva, desafía a quien se cruza en su camino, pero teme a las miradas, se atusa el pelo, jirones de blancos cabellos cuelgan de hilos de plata, cabellos que antaño se mecían con el vaivén de la pasión, sólo cuentan tristes su soledad y delirio.
Nunca aprendió a amar, nunca aprendió a ser amada, pero ella lo sabía y aun así siguió
Hola Rosario. Gracias por tu comentario. Queria decirte que me encanta tu forma de escribir; se ve que tienes facilidades y mucha fluidez, y sobretodo ideas muy profundas.
ResponderEliminarEspero seguir leyendo nuevas cosas tuyas y dejarte comentario que te puedan interesar.