
La gata sobre el tejado rojizo contempla las estrellas en una fría noche, en una de ellas puede leer una leyenda sobre un árbol, anclado sobre una tierra seca, mustia, árida y de un color cobrizo pardo. No crecía nada a su alrededor, únicamente se posaban en sus heridas ramas cuervos con ojos de plata que acompañaban la soledad del desértico paraje con graznidos vertidos al eco más intenso.
Las pequeñas gotas de rocío de la noche alimentaban las raíces del arañado árbol, mendigaba las lágrimas del ocaso del día como una sonrisa al final de la barra de un bar. En su corteza se podía vislumbrar grietas, dejando a la vista un ennegrecido interior, manchado por la ira, por la envidia, por las mentiras y la lujuria que sobre su anterior cuerpo se derramaba.
El pecado de una humanidad metálica corrompió su blanquecino cuerpo, dejándole como castigo, sin importar si se es víctima o verdugo, una dura piel y unas piernas inexistentes, aferradas a la tierra muerta, condenándole en vida a contemplar la muerte con cada amanecer.
Carecía de ojos con los que poder ver el nuevo paisaje en donde se hallaba, obligado a recordar las imágenes que sus ojos vieron en el pasado, viviendo cada recuerdo sin más compañía que la de los pocos cuervos y el aire enrarecido.
Un día el peso de sus ramas cambió, algo suave, algo ligero se había acomodado en su rama, pudo escuchar un canto y no un graznido, pudo oler el aroma dulce que desprendía, sintió que el sol entraba en sus grietas, pudo ver que la muerte no era el final de su camino. Comprendió que el mal, donde en su cuerpo abandonaron, por siempre le acompañará, como también aquella voz suave, como aquellos ojos que tanto daño le hicieron, pero de un color maravilloso, como el agua fresca que caía por su espalda una calurosa tarde de verano. Dejándose llevar por la intensa emoción, su cuerpo se fundió con la seca tierra, recobrando la voz y perdiendo la sed de venganza, consiguiendo volar por encima de aquel valle y apareciendo cada noche sobre una estrella para contemplar tu ocaso.
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