No sirve de nada mirar al cielo y pintar su atardecer en mis retinas, no sirve verter a una luna llena acuarelas baratas, no sirve adornar las nubes a golpe de carboncillo, es triste respirar el aroma oleoso del ocaso del día, precioso, infinito, breve, intenso, ligero... Inhalo la brisa que el agua de una fuente trae hacia mi, relajo mi pecho y muerdo mis dedos y contemplo la vida que transcurre delante de mis ojos.
Espejos que no me dicen nada, palabras se escriben en el vaho mientras pierdo la noción del tiempo y mi mente pierde las ganas de volar, tirando a ras de suelo verbos que jamás pasaron a formar parte de una frase, de un texto, como un libro con las hojas arrancadas olvidado en el banco negro oxidado, aquel banco en donde la luz peinaba mi fría piel, aquel banco que no perdonó a la paloma tullida.
Vacío mis ojos, lleno mis recuerdos, busco el grafito para dibujar mi sombra en la pared, la cual escapa por las molduras cual Peter Pan, trepa hasta abrir la ventana y descubrir que ya estaba en Nunca Jamás, donde los relojes suenan, los días se suceden, pero no cambia ni un ápice mi reflejo en el subsuelo.
La piel llora y las horas maldicen la pura mañana en la que el frío se precipitó al vacío dejando su halo como un reguero de sangre incolora, salada, apuntalada con diez clavos y atada a un álbum fotográfico. La gota que comenzó siendo ínfima, creció, su cuerpo tomó densidad para terminar por evaporarse en una noche helada con un simple soplo.
Volverás a la cadena de tus recuerdos, caerás en el óxido, mientras que mi nombre siempre se mantendrá cosido en los retales de tu alma junto al cajón del olvido.
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