
Palabras que escucho en el silencio de la noche, palabras que acabarán con la poca cordura que mantengo entre estas cuatro paredes.
Hoy respiro, hoy el aire sabe a menta fría, mis manos huelen a tabaco y mi boca suena diferente. Una misma imagen bastaba para atormentarme cada noche en mi estrecho lecho, un mismo nombre valía para coser mi alma al techo, una misma sonrisa en el reflejo de mi pelo era suficiente para quemarme la piel.
Hoy mi seda se ha endurecido, mis alas se han caído, mis colores se han apagado y mi gestación ha vuelto a empezar.
Mis piernas dejaron de caminar sobre almohadas y ahora noto el duro pavimento, me quito los zapatos y siento el frío suelo entre mis dedos. Caricias invernales recorren mis tobillos anclando mis claros pies a la tierra, las uñas tintadas de rojo dejan esquelas en bocas ajenas de palabras que un día han de tragar, empujando con el empeine paralelo a una tráquea hundida, pisada y machacada con los talones, hago fuerza para que el aire ahogue las frases vendidas y de nuevo acaricio el mármol con mis pies escribiendo caprichosas líneas que se difuminan con las huellas que algún día dejé olvidadas por ahí.
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